Me escribió un ingeniero blancon, alto, velludo, con esas nalgas grandes y ricas que provocan m1rarlas despacito antes de destruirlas. Me dijo que no soportaba más la intriga, que necesitaba probar... Read more
Me escribió un ingeniero blancon, alto, velludo, con esas nalgas grandes y ricas que provocan m1rarlas despacito antes de destruirlas. Me dijo que no soportaba más la intriga, que necesitaba probar lo que yo hacía.
Lo vi nervioso cuando lo recogí en la avenida… pero su voz temblaba de deseo. Me llevó directo a un hospedaje discreto. Entramos, cerró la puerta y, sin que yo dijera nada, empezó a desabrocharse el pantalón, como ofreciéndose. Se recostó en la cama, abrió las piernas sin que yo se lo pidiera y dejó que lo mirara completito… como si supiera que en ese momento ya era mío.
Me acerqué, le di esas l4midas profundas que lo hicieron gemir bajito. Lo sentí arquearse, abrirse más, acomodando su cuerpo para mí, rogando sin palabras. Y cuando mi p1nga estaba lista, dura, lo agarré fuerte de las caderas y se la metí entera… despacio al principio, hasta que él mismo se subió las piernas al hombro, como diciendo: “Hazme tuyo, no pares”.
El ritmo cambió. Mi respiración chocaba con la suya, y cada embestida le sacaba gemidos más roncos. En medio de eso, con la voz entrecortada, me soltó:
"Ve… ve por todo el mundo… y haz con ellos lo que me estás haciendo a mí…”
Cuando lo escuché, me encendí más. Lo cabalgué con fuerza, con hambre, hasta sentirlo temblar debajo de mí. Acabé mojándole el pecho, pero no lo dejé descansar: seguí dándole hasta que su cuerpo se rindió entero. Se quedó jadeando, mirándome con esos ojos que saben que ya no hay vuelta atrás. ..... Vendo historias así y más sucias más morbosas